Y continua…
La risa se le escapó más estridente de lo normal en él, aunque fue delicioso oírla unida a la de ella, una risa clara, fresca, pero con un punto de tristeza. En cualquier caso, él oyó su risa unida a la de ella, mientras que ella para nada oyó la de él unida a la suya.
Lo que ocurrió en el tren es fácil de resumir. El ave parece que se mueve despacio pero va a trescientos kilómetros por hora. A él le pasó lo mismo. Ella iba vestida de azul, como Ingrid Bergman el día en que los alemanes entraron en París. Y su falda no era muy corta, pero tampoco era larga. En Guadalajara, él, lleno de palabras, apoyaba su mano en la rodilla delgada y sensual, que se dejaba. Hablaba, cogía su mano, hablaba, paseaba un dedo por su rodilla, hablaba y hablaba. Y seguía riendo con su risa unida a la de ella.
Pero ella reía sola.
Aquel chico, cuyos ojos no se adecuaban a la edad que tenía, que no estaba ligando, que había entrado en terreno desconocido por ella, que estaba rozando el éxtasis por el mero hecho de tocar su rodilla, aquel chico se reía cuando ella quería. Era un juego fácil.
Ya en Atocha, una vez confesado que había cogido el tren a Madrid sólo por seguir el impulso de abordarla; una vez sus ojos delataban a un hombre maduro, cauto, sensato, en fuera de juego, lejos de su rol; una vez cautivo y desarmado, fue fácil llevarle a su casa y avanzar un poco más en el juego.
- Voy a ponerme cómoda. ¿Por qué no preparas un par de Dry Martínis?, ¿Sabes hacerlo? Mira coge esas dos copas, les pasas Martín de este y lo tiras. Las llenas con ginebra de ésta y luego dos aceitunas. En la nevera encuentras… Quiero que tengas una cosa clara, tesoro, me gustas –se lo dijo dándole un beso en los labios, sin interrumpirse– pero hoy no dormirás en mi cama. Ven, mira, dormirás en esta. Está un poco revuelto pero quitamos las cosas de la plancha y enseguida estará perfecta. ¿Preparas los Martines mientras yo me cambio? Me parece que me voy a dar una ducha.
No es difícil dejar sin palabras a un hombre en fuera de juego.
Entró en su habitación, dejó la puerta entreabierta y mientras se desnudaba siguió hablando.
- Hoy tengo un antojo… Cenaría una tortilla de patatas con un poco de jamón y un par de cogollos… con unas anchoas, todo junto ¿Qué te parece?
- Simplemente perfecto.
- ¿Te importa pelar cuatro o cinco no muy grandes mientras me ducho?
- No, en absoluto. Yo la hago de cine.
- A ver, a ver… -asomó sólo la cabeza, como tapándose- ¿la tuya es con el huevo muy líquido o hecha del todo?
- Hecha del todo, a mi el huevo muy líquido…
- Vaya, pues a mi, hecha del todo…
- Bueno, a mi… de hecho… me da bastante igual. Yo pelo las patatas y tu la haces a tu gusto. ¿Hace?
- Ay, David, eres un sol.
Fue directo a la cocina, preguntándose porque sabía que puerta era la correcta, todas estaban decoradas con ramos de violetas, todas eran verdes, todas estaban cerradas excepto aquella en la que Marina se desnudaba, apartó ese pensamiento con una breve sacudida de cabeza, no iban a dormir juntos y tampoco era algo que le quitara el sueño, simplemente se sentía bien allí, en esa casa que no le resultaba desconocida, oyendola trastear en el cuarto de al lado, con cuatro patatas que había encontrado sin necesidad de abrir más que el cajón exacto, era extraño aunque se dijo a si mismo que casi todas las cocinas eran similares, casi todas…
Se puso a pelar ensimismado hasta que oyó un ruido a su espalda.
-¿David? ya veo que lo has encontrado todo, eres un chico listo, no me has defraudado.
-Ya estoy terminando.
Estaba apoyada en el umbral, etérea,grácil, con un vestido blanco vaporoso que dejaba intuir sus formas suaves, la curva de sus caderas, el contorno de sus pechos, su postura languida asemejaba a una dama de otro siglo, inaccesible, pero con un punto de provocación, era sencillo desbordar a alguien ya rendido de antemano.
Notaba su olor, sin perfume, el olor de su piel, natural, con un toque floral, fresco y a la vez embriagador, respiró hondo mientras sentía unas irresistibles ganas de hundir la cabeza en ese aroma, aunque algo en su interior le aconsejaba que no hiciera lo que sería normal en esta situación inverosímil.
-¿Ya está?
-Ahora… ¿puedes ir batiendo los huevos?
-Si
-Yo pongo el aceite y voy a contarte una historia…
-Hace 100 años, 104 para ser más exactos, en esta casa vivía una pareja joven, eran felices, muy felices, ella organizaba reuniones literarias, por aquí pasaba la flor y nata de la cultura de ese tiempo, escritores, pintores, dramaturgos, músicos…
-¿Por que me cuentas esto?
-Tienes que oírlo y saberlo… creeme.
-Una noche invitaron a su casa al poeta más oscuro, corrían numerosas leyendas sobre él, se decía que sus poemas eran profecías y que cuando recitaba todas aquellas palabras que él inventaba se convertían en realidad. Había prometido recitar para ellos y aunque sentían un poco de aprensión, en el fondo era excitante pensar en que aquí, en su casa, se podría forjar una historia venidera.
Continuara…
Derramado por Zarem
Me lo estoy pasando en grande!!! :-).